INTRODUCCIÓN

Hace unos miles de años, cuando la supervivencia era difícil y dependía de la cosecha y la caza, el hombre no tenía demasiado tiempo, ni quizás motivos, para ascender al inhóspito entorno de las altas montañas.

Supersticiones y respeto religioso le alejaban de las cumbres, lugares por él destinados a las divinidades y sus actos. Así encontramos el Olimpo, bello e incómodo trono de Zeus y su esposa Hera y, ya en otra cultura, el agreste paisaje de la entrega de las Tablas de la Ley o el final del viaje de Noé al tocar su arca tierra en los 1.175 metros del monte Ararat, convirtiéndose en el primer montañero, y quizás el único, en hacer cumbre en barco.

Tradiciones al margen, es evidente que la situación ha cambiado mucho en cuanto a la Montaña se refiere. El progreso, aún cuando en ocasiones nuestros ojos nos hagan dudar de la correcta utilización de este término, ha puesto al alcance de muchas personas lo que hasta fechas próximas era santuario de unos pocos.


Figura 1

Esta realidad evidente por el gran número de bikers y, cada fin de semana, en las estaciones de deportes de invierno, permite que multitud de personas en condiciones diversas de salud expongan su organismo al medio ambiente de montaña. Algunos de los efectos de éste sobre aquel y las reacciones siguientes serán tratadas a continuación.

LA PRESIÓN ATMOSFÉRICA

Es de todos conocido que en montaña se admite la existencia de varios niveles o zonas cuya división, si bien artificial, delimita de forma aproximada altitudes con características diferentes que explican su distinta capacidad de agresión al organismo.

Centraremos inicialmente nuestro interés en la presión atmosférica, estudiando sus efectos sobre el organismo y las respuestas de este para conseguir la adaptación que le permita la práctica del Mountain Bike.

Pues bien, gracias a estudios que comenzó a mediados del siglo XVII el italiano Berti y en los que se basó Torricelli para crear el primer barómetro de mercurio, sabemos que la presión desciende a según vamos tomando altura y que su disminución no es uniforme ya que en los niveles bajos es más rápida que en la Alta Montaña como se puede apreciar en la fig. 2.



Figura 2

Vemos la presión atmosférica, debida al peso de aire que está sobre nosotros, puede afectar al organismo.
Como sabéis el ser humano precisa del oxígeno que contiene el aire para su vida. Concretamente un 20,95% del aire es oxigeno, por lo tanto, su presión será una parte del total que es la atmosférica. Esa parte a nivel del mar y con una presión de 760 mm. de mercurio alcanzará un valor de:

760 X 0,2095 = 159,22 mm. de Hg

Por la tanto, cuando nosotros respiremos a nivel del mar, el aire que vamos a introducir tiene esa presión parcial de oxígeno, pero cuando entre a nuestras vías respiratorias, sufrirá aún complejas modificaciones, como la saturación con vapor de agua, cuya descripción omitiremos y que conducirán a que esa presión sea aún menor.

Veamos lo que ocurre si en lugar de encontrarnos a nivel del mar nos situamos a unos modestos 3.000 metros. La presión atmosférica será de 526 mm. de Hg. y por lo tanto la del oxigeno en este punto se obtendrá así:

526 X0,2095 = 110,19 mm. de Hg.

Lo que quiere decir que el aire de ahí ofrece 1/3 menos de gas vital. En la tabla 1 vemos cómo va disminuyendo su presión parcial junto a la atmosférica a medida que ascendemos.

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