INTRODUCCIÓN
El sol nos envía un amplio abanico de radiaciones de las que tan sólo podemos ver el espectro visible, de violeta a rojo, pero en sus proximidades están las ondas infrarrojas, responsables del calor, las ultravioletas, de peligrosos efectos sobre la piel y los ojos, los rayos X ó las radiaciones gamma.
Buena parte de ese muestrario no llega a nosotros más que en forma muy atenuada, pero incluso así, nuestro comportamiento puede hacer que las dosis recibidas supongan un riesgo evidente: la aparición de cáncer de piel.
LA RADIACIÓN EN ALTITUD
¿Qué ocurre cuando ascendemos a media o alta montaña? Pues muy sencillo: perderemos la protección de esa atmósfera más densa y sufrimos los efectos de esa desprotección, que se manifestarán en forma de bronceado, enrojecimiento, ampollas o quemaduras, en función de lo que dure la exposición solar y de nuestro tipo de piel.
Pero, además, hay situaciones en las que el riesgo es mucho mayor. Cuando el entorno que nos rodea está cubierto por la nieve nuestro cuerpo sufrirá de forma combinada la agresión de los rayos directos y de los que se reflejan a nuestro alrededor, agravando enormemente el riego de lesiones a corto y largo plazo. Para que nos sirva de referencia, diremos que un día despejado, a tan sólo 1.500 m. de altitud y sobre nieve reciente, recibimos al menos unas 7 veces más rayos ultravioletas que si estuviéramos en la playa.
Y no debemos confiarnos tampoco por la presencia de la niebla o nubes, pues si bien es cierto que la humedad ambiental dispersa y absorbe buena parte de las radiaciones, también lo es que los ultravioletas la atraviesan con cierta facilidad, siendo más perjudiciales los denominados UVB que los UVC o UBVA, estos últimos utilizados en aparatos de bronceado artificial a pesar de no ser inofensivos.
Cuando los rayos ultravioletas entran en la piel, excitan en ella la aparición de un mecanismo de defensa que consiste en la producción aumentada de una sustancia llamada melanina, que es responsable del bronceado. Además, la luz solar presenta otros efectos, siendo, pro ejemplo, necesaria para la formación de vitamina D, y evitando la aparición del raquitismo, pero cuando su cantidad resulta excesiva da lugar a problemas de importancia para la salud, como diversos tipos de cáncer cutáneo.
En ese aspecto es muy importante tener en cuenta que la dosis de rayos ultravioleta recibidos es acumulativa; es decir, que sus posibles efectos cancerígenos van aumentando con el tiempo de exposición a lo largo de la vida, por lo que es importante hacer de la protección un hábito, sobre todo cuando por trabajo (agricultores, pastores, ...) o deporte (montañeros, esquiadores, ...) la permanencia al aire libre o en ambientes agresivos es muy frecuente.
Sin embargo, hay grandes variaciones de tolerancia frente al sol. Así, en las personas naturalmente más morenas por tener cantidad superior de pigmentos en la piel, es más difícil que aparezcan lesiones, mientras los albinos o personas de piel y ojos claros se encuentran mucho más indefensos.
CONSEJOS DE PREVENCIÓN
La protección frente a este riesgo, incrementado en los últimos años por la disminución del ozono atmosférico encargado de filtrar la mayor parte de los rayos UV, consiste en:
1. reducir la cantidad de piel desnuda frente al sol.
2. evitar la exposición voluntaria y prolongada o, al menos, durante las horas centrales del día, que es cuando más directamente nos caen los rayos solares.
3. aumentar en la dieta las sustancias ricas en vitaminas dermoprotectoras, como la zanahoria o el tomate.
4. utilizar cremas de protección solar.
Las cremas poseen, en distinto grado, la capacidad de absorber o filtrar las radiaciones solares, siendo tanto o más protectoras cuanto mayor sea su factor, que suele oscilar comúnmente entre un 2 y un 15 o más, encontrando también presentaciones especiales para la alta montaña, con posibilidad de impedir incluso totalmente el paso de los UV.
Los dermatólogos recomiendan utilizar factores altos (de un 8 a un 15, por ejemplo), y además debemos saber que la aplicación debe ser repetida con cierta frecuencia (unas dos horas) ya que aún cuando las cremas sean resistentes al sudor y al agua, el roce involuntario con las manos, gafas, etc., nos desprotege sin darnos cuenta.
Otro aspecto importante es la protección de los labios, sobre todo el inferior. Dejando a un lado las desagradables lesiones producidas por el frío y la sequedad ambiental. La radiación solar puede desencadenar la aparición de afecciones locales en los labios, como el herpes, de aparición que suele repetirse casi cada temporada, en cuanto nos descuidamos.
Para evitar esas lesiones de la mucosa labial existen también diversas cremas, de las que podemos recomendar las que son visibles tras su aplicación, como si de un lápiz de labios se tratara, ya que con ellas podemos comprobar si permanecen protegiéndonos o, por el contrario, las hemos perdido al comer o beber algo.
[ Volver a Salud ] |