Ya los pueblos primitivos prestaban especial atención a un fenómeno natural tan evidente como el viento y es que, en ocasiones, sus efectos son muy difíciles de pasar por alto.

Los griegos clásicos llegaron a incluir el movimiento del aire en la mitología, encargándose Aristóteles de identificar a los ocho vientos más importantes en función de su orientación o procedencia geográfica y otorgando a Eolo su custodia, a disposición de Zeus y Poseidón, en una isla suficientemente apartada para no molestar demasiado.

Y es que, a pesar de su divinidad, el movimiento del aire no siempre se acompaña de fenómenos bondadosos.

Y es que, a pesar de su divinidad, el movimiento del aire no siempre se acompaña de fenómenos bondadosos.Las desigualdades de superficie terrestre, de la irradiación solar que se recibe en distintas zonas y otros aspectos crean diferencias de presión atmosférica que provocan el movimiento de grandes masas de aire. Así, el sol que incide en las laderas de un valle orientadas al sur ocasiona un calentamiento del aire que, al pesar menos que el frío, tiende a subir. Esa ascensión creará una zona de baja presión en la base y atraerá una corriente de otros lugares próximos con más milibares (más presión), apareciendo el viento.

Del estudio de la influencia que ese y otros agentes atmosféricos tienen sobre la salud se ocupa la biometeoropatología y, gracias a ella, podemos explicar algunos fenómenos tan conocidos como los dolores de cabeza y alteraciones del comportamiento que acompañan al viento cálido del sur o las alteraciones circulatorias, con elevación de la tensión arterial y peligro de accidentes cerebrovasculares que acompañan a los frentes fríos.

Sin embargo, en la montaña podemos comprobar, y sufrir, efectos mucho más evidentes e inmediatos, como las dificultades para desenvolverse por terrenos abruptos, las caídas de rocas, las trágicas avalanchas de nieve o el dramático incremento del frío que produce la presencia del viento.

Cuando sopla fuerte, es capaz de poner en peligro nuestro equilibrio, incluso deambulando por terrenos sencillos.
Cuando actúa sobre la nieve, inestable por la pendiente, por la existencia de capas con poca cohesión o por la cantidad caída en poco tiempo, los riesgos de la combinación son desgraciadamente conocidos.

DOS EFECTOS BIOLÓGICOS

Pero, dejemos los efectos mecánicos y centrémonos en los biológicos.
El viento posee una incidencia importante en los sistemas de termorregulación del organismo. De hecho, potencia dos de las formas de intercambio de energía de que disponemos, como son la convección y la evaporación.

En cuanto al mecanismo de convección, a pesar de su sofisticado nombre, lo venimos utilizando desde críos cada vez que tenemos prisa y la sopa o el café están demasiado calientes para nuestro gusto. Consiste en el robo de calor al entrar en contacto el aire frío con un cuerpo a más temperatura o en su ganancia cuando se invierten los términos y es el aire quien está mas caliente.
Por otra parte, el viento incrementa evidentemente la evaporación, que es el método fundamental para equilibrar la temperatura corporal cuando el ambiente es demasiado caluroso y seco, ya que el paso del líquido (sudor) a gas (vapor) produce un enfriamiento de la superficie sobre la que tiene lugar el cambio.
Esta mejora de la eficacia enfriadora de ambos mecanismos se nos vuelve en contra cuando, en lugar de luchar contra el calor, debemos protegernos del frío. Entonces es cuando notamos que, al quitarnos la mochila tras una dura ascensión, por ejemplo, el viento parece adueñarse de nuestra espalda, húmeda por el sudor y nos hace sentir el mordisco del frío hasta que nos protegemos con cualquier cosa.

Y es que para frenar el efecto del viento, potenciando el mecanismo de evaporación, basta con una fina capa de tejido, con tal que sea impermeable al aire. Con ella seguiremos sujetos a los rigores de la temperatura ambiente, de la que apenas nos aísla esa prenda propuesta, pero limitaremos en gran manera las pérdidas de calor por evaporación.

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